I - Sangre de Reyes: nace un imperio

De cuervos y Lobos - La leyenda de Perkolon - Capitulo 1

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Corceles envueltos en sombras galopaban sobre la tierra embarrada por la lluvia. Las capas volaban al viento, no habría piedad para los que se encontraran del lado opuesto a la línea de conquista. Épocas del naciente invierno rasgaban las ropas y oxidaban las cotas de malla.

Las trompetas de alerta sonaron desde la cima de la muralla. El vigía de la torre norte fue el primero en divisar las tropas enemigas que avanzaban hacia la fortaleza. Estridentes y alargados resoplidos se colaron por cada hendija de la ciudadela y el castillo. Estaban siendo invadidos y, con la velocidad de quien sabe cómo actuar, el primer bloque de soldados montados salió al encuentro para evitar la avanzada. Pero en el instante que cruzaron la reja, otra alerta. La torre del este anunciaba la llegada de otro grupo.

No era una invasión, era un asedio.

El estandarte del cuervo se alzó hasta la punta de la lanza y, montado sobre su negro corcel, con la armadura brillante, capa roja y abrigo negro, Narg Hugnork, el heredero del cuervo de Odín, portando su corona de guerra, cruzó el puente como cabeza de tropa. No se quedaría al resguardo dentro de su castillo; él no era así, él cabalgaría a la guerra, como tantas otras veces, con los suyos a su lado, aun a riesgo de perder la vida.

Desde las almenas, mientras alistaban los arcos, los vieron desplegarse. Entre el rey y el resto de soldados, la perfecta formación de sus ocho guerreros de élite, y consejeros, cabalgó a toda marcha. Simple era diferenciarlos, ellos, al igual que su rey, portaban capas rojas con el bordado del cuervo dorado. También sus armaduras eran diferentes, livianas, de color celeste platino y con las hombreras que formaban plumas de delgadas capas de metal superpuestas. No llevaban puestos sus cascos, pero sí la cota de malla recubría sus cabezas con un pico que descendía por el entrecejo hasta la nariz.

El clangor de las trompetas cambió de trino. El grupo de pueblerinos que moraban en las afueras del castillo conocían su llamado y corrieron en búsqueda de refugio dentro de las murallas. Sabían que sus casas serían destruidas para despejar el campo de batalla, pero aún más importante: impedir cualquier tipo de refugio que los enemigos pudieran tomar.

Narg cabalgó hasta lo que consideró sería el punto de choque de las dos fuerzas que avanzaban y alzó su mano. Estaban preparados, aunque nunca imaginaron tener que usarlo.

Desde el ala este de la muralla, un centenar de flechas incendiarias iluminaron el encapotado cielo que ocultaba la delgada silueta que menguaba. Con el objetivo de detener el ataque por dos frentes, sobrevolaron el batallón enemigo. No era ese su blanco, sino el puente que separaba Old Minister con Tloston en el estrecho de Grosk.

Se alzaba sobre el río Indralor, que desembocaba en el mar Santiana, con un particular color pétreo a causa de la sedimentación de carbonita en sus aguas. El único en todo el reino construido con leños estaba, al igual que las laderas del río, bañado en resina.

La madera iluminó la noche y la carbonita incendiada, con un espeso humo, impedía, a todo el que estuviera cerca, respirar.

Desde el corazón de Old Minister, un tercer y cuarto pelotón salieron como fuerza de choque. El primero fue directo contra el contingente norte y el otro, con antorchas y mazas en las manos, se dirigió hacia el grupo de casitas de adobe que formaba la pequeña aldea cerca de las murallas. Las llamas dieron luz, crearon sombra.

Narg analizó las posibilidades. Una respuesta rápida era esencial para reagrupar a sus hombres y detenerles. Giró sobre su montura y observó al comandante de la tropa que, con ambos brazos extendidos al costado de su cuerpo, dio la señal de la formación del cuervo.

A todo galope cabalgaron hacia la derecha contra el reducido grupo que habían logrado cruzar el puente mientras tomaban posición.

La mitad del pelotón pasó al frente. Quince soldados, con las lanzas hacia delante, oficiarían de pico afilado. Detrás, el resto se desplegó en horizontal para conformar un semicírculo que, como las alas del cuervo, serían la primera barrera de choque.

Narg, con cuatro de sus séquitos, se dirigió hacia la derecha, justo detrás de la defensa, y los otros fueron a la izquierda. Ambos grupos listos cual garras para desmembrar, despedazar y aniquilar a cualquier enemigo que lograse pasar. De tanto en tanto, a la orden del comandante, la barrera se abría, y ellos, en un fugaz ataque, avanzaban como apoyo para luego retroceder.

El último grupo más reducido formó la cola. Con las flechas montadas en los arcos, se encargarían de detener a cualquiera que intentase llegar hacia el castillo.

Impecable trabajo en masa, con las capas negras y doradas volando al viento, empapadas en lluvia y nevisca, aniquilaron el pelotón enemigo. «Sin prisioneros», era el lema de Narg, pero se debió retractar, quería información.

Wolest, de las tierras de Tloston, el continente del este, se había unido a Ubberia, su vecino por la frontera norte, el último territorio de Móntria que le faltaba conquistar para convertir a Old Minister, y el estandarte del cuervo, en imperio. Querían destronarlo, estaba claro, pero, al menos, con esa pequeña victoria, solo podrían atacarlo de frente.

La décima alba los sorprendió con las espadas desenvainadas y el yelmo sobre sus rostros. Cien de sus hombres habían caído, sin embargo, todavía contaban con ventaja en defensa de sus tierras. Sus pies aún pisaban Old Minister, pero se encontraban cerca de la frontera. Gracias a las tácticas infalibles de Narg, lograron empujar las tropas enemigas hasta la orilla del río Ingalar, que separaba los reinos, para que solo tuvieran un camino por donde cruzar.

Montado en su negro corcel, cabalgó con su séquito hasta la cima de uno de los cerros que costeaba el río Ingalar. El campo, repleto de estandartes de Ubberia y Wolest, se tapizaba de verde y bordó la explanada. Hizo un recuento rápido. Lo superaban quince a uno.

Narg analizó la situación. Mientras conversaba con sus guerreros comenzó a quitarse una a una las piezas de su armadura, incluida la corona, que dejó reposar sobre una de las rocas. Alivianar su cuerpo, y su mente, con su melena canosa hasta los hombros, que flotó libre con el viento impiadoso que les azotaba, logró llamar a la parte de él que era leyenda, convocar la herencia del legendario Alfredo, la sangre del cuervo que corría por sus venas.

Odín le bendecía, y eso le ayudaba a recobrar las fuerzas. Debía usarlo a su favor, si con su sola presencia bastaba para que lo respetasen. Él representaba la Verdad, enarbolaba los ideales de sus ancestros como bandera: la igualdad, la justicia y el honor prevalecían ante cualquiera de sus deseos de poder. No existía pueblo ni reino, rey o campesino, que no conociera su nombre. Le temían y admiraban, mezcla exacta entre poder y bondad. Murmuraban a su paso las historias, coplas y odas compuestas a su leyenda que lo antojaba invencible, y así era, mientras tuviera su pequeña élite junto a él y los cuervos volando sobre su cabeza.

Pero esa grandeza no lo alejaba del deber de analizar con frialdad sus movimientos, de accionar con cautela sus decisiones. Poder por sangre jamás le pareció buen negocio, y por cinco años intentó un acuerdo de paz y comercio con Ubberia. A punto había estado de ofrecerle a Halfdan de continuar en el trono a cambio de que le dejase contribuir en sus decisiones para evitar que el pueblo ubberiano siguiera pasando hambre y pestes. Pero ahora, que era tarde, lo veía claro, Halfdan siempre tuvo otros planes.

Una y otra vez maldijo no haber invadido y conquistado antes. «Buscar la paz, a veces, solo conduce a la guerra», pensó. Si de los ocho reinos de Móntria, solo tres fueron por hacha y sangre. Los otros reconocieron como legítimo señor al lord del sur sin mayores cuestiones más que políticas, como Lepontia, en el que no había heredero, o Korkollat, donde era oriundo su abuelo Nork, y Utmia, el más beneficiado por ser un pueblo pequeño.

En vano intentó enviar cuervos para solicitar refuerzos: Ubberia bloqueaba los caminos, pero también cercaba los cielos. Solo Utmia, por cercanía y que sus fronteras estaban inmersas dentro de Old Minister al oeste, había enviado un pequeño grupo de soldados como refuerzo. Estaban solos, lo sabía.

Era la última batalla del año que duraría hasta el triunfo o hasta los preparativos de la celebración de Yule. Ese día, la luz caería ante la oscuridad y debían honrarle con ofrendas para garantizarle el resurgir de la muerte. Por doce días, ningún hombre podría romper la palabra de paz. Sembrar sangre en esa época acarrearía un año sin alumbramientos, con cosechas secas y ganado muerto, sumidos en una eterna noche.

Narg sentía el filo del acero de su oponente en la caída de cada uno de los suyos. Los números ya no corrían a su favor después de veintitrés días y contando, entre estrategias y asaltos. Sobre su negro caballo surcaba el campamento con el grito en su garganta para agrupar y acomodar las filas. Luego, se internaba en la tienda donde buscaba iluminar sus pensamientos y encontrar la estrategia necesaria.

No era morir lo que le preocupaba, era el hambre y la falta de víveres que su pueblo estaba sintiendo. Las reservas del otoño se habían agotado.

Los veía caer uno tras otro. No conocía el nombre de muchos de los que habían dado su vida por él, tampoco sus historias, ni a sus familias, pero, a pesar del sabor seco que tenía en su garganta, estaba vivo: con su espada, con su capa y con su tropa, hasta la última gota de sangre dejaría para alcanzar la victoria.

Halfdan, soberano de Ubberia, que se había trasladado hasta el foco principal de contienda, se mantenía refugiado en la tienda de campaña y aguardaba noticias. Su entrada edad no le permitía combatir, sus habilidades tampoco. Estaba impaciente, si Narg caía, él se convertiría en rey indiscutible del imperio. Planificado hasta el último detalle, rechazó los tentadores tratados enviados por Old Minister y vendió parte de su lealtad al rey de Wolest para luego repartirse las tierras.

Las noticias que Halfdan recibía eran alentadoras. Los comandantes de sus tropas informaban a cada hora los acontecimientos, pero aún no había dado órdenes de sacrificios y preparativos festivos, porque conocía la fama que precedía a Narg. Solo festejaría cuando tuviera su cabeza en una pica.

Un humilde resguardo para pasar la noche mantenía a los guerreros calientes. El hidromiel se acababa, pero la sangre continuaba corriendo. Narg, reunido junto a su séquito, daría las próximas órdenes antes de atacar, sería la última noche previa al silencio festivo de la paz.

Un lienzo extendido sobre un madero, en donde plasmaron los accidentes térreos de la zona, les servía de guía táctica y, alrededor, se reunieron los nueve.

Narg lo tenía en claro, de no ser esa noche, luego de las festividades, Ubberia se reagruparía para volverse invencible. Una última pieza quedaba por jugar, no era de su agrado, pero a ella acudió: la sorpresa.

Mandó llamar a cada hombre y mujer, campesino o comerciante, herrero o sacerdote, hechicero, sirviente o cocinero, que a la causa por propia voluntad quisiera unirse y pudiera sostener un arma entre sus manos. Cuando la muchedumbre estuvo frente a él, formada en mayoría por los habitantes del reino, salió del refugio, se quitó la modesta corona y la entregó al primer soldado que a su lado pasó.

Caminó entre ellos y procuró mirarlos, uno a uno. A algunos los reconocía, a otros jamás los había visto y, aun así, allí se encontraban, con miedo en sus ojos, con los músculos contraídos, con el ferviente deseo del deber que recorría sus cuerpos. Cuando estuvo en donde consideró era el medio, rodeado, clavó la espada en la nieve y, con la cabeza gacha, alzó la voz.

—Esta noche no lucharán por mí, no se atrevan a hacerlo. Lo harán por ustedes, por sus familias, por los ideales que como su líder intenté mantener y enseñarles —dijo y apretó la empuñadura—. Matarán y morirán por la paz, por Odín, por Alfredo.

Elevó la cabeza y la sacudió para despejar los entrecanos cabellos de su rostro. La cicatriz que decoraba con rudeza el lado izquierdo de su frente resplandeció. Al azar, escogió un soldado y clavó sus ojos azulados.

—Yo podré poseer la sangre del cuervo, pero está en todos ustedes. Cada uno es tan cuervo de Odín como yo. —Giró y se tomó el tiempo para mirar una a una las caras cansadas, heridas, sucias—. Esta noche no habrá diferencias entre ustedes y su servidor. Esta noche lucharemos codo a codo, espada con espada. Sin armaduras, sin escudos, solo nuestros cuerpos. Y, si es la voluntad del padre de todo que caigamos, le pido que nos recoja como los héroes que somos.

Aspiró profundo hasta colmar sus pulmones. Estaba agitado, sentía cada una de sus propias palabras, en ellas se encontraba su alma y el destino de todos los presentes. Desclavó su espada ancha que brilló a la luz de las antorchas, besó su filo y la alzó sobre su cabeza. Un centenar de alas negras, marrones y grises se hicieron presentes, los cuervos acudían al llamado de su lord.

—¡Por Old Minister, por la gloria, por Odín!

Cubierto por completo el cielo se encontraba. Nubes espesas arrojaban hacia la tierra una copiosa nevisca que flotaba y chocaba sobre los rostros curtidos de los guerreros, desquebrajados por el frío. El silbido del viento azotaba a su paso y levantaba la nieve delgada que sobre la vegetación reposaba. Noche cerrada, sin luna, servía de camuflaje natural entre la neblina grisácea que los ocultó.

El campamento ubberiano cayó en pocas horas. A pesar del cansancio de las tropas de Narg, y de la inexperiencia de los aldeanos, supieron caer inadvertidos. Silenciosos, sin armaduras que delatasen los movimientos, lograron que aquellos que dormían encontraran el sueño eterno.

La parvada de cuervos, dirigida por Narg, atacaba en grupos sobre los soldados que sin casco se encontraban. Picaron y desgarraron la carne, picaron y devoraron los ojos.

Los que sobrevivieron se replegaron para defender la última tienda de campaña que quedaba en pie y no ardía en llamas. Pero entre tanta agitación, un puñado de ubberianos que escapaban reconocieron a Narg al pasar. Estaba solo y, aun cuando su espada Santiana era temida, no dudaron en rodearlo.

Narg viró su cabeza y se encontró vulnerable ante ocho enemigos que amenazaban con matarlo y, con él, el sueño de convertir a Old Minister, y al estandarte del cuervo, en imperio.

Separó las piernas para afirmarse en el suelo nevado; con ambas manos enguantadas sujetó firme la empuñadura y arqueó la espalda. Hacia delante el filo, dobló un poco las rodillas y flexionó los codos para relajar los hombros. Estaba listo, sus ojos no parpadeaban. El cansancio se hacía sentir ante la tensión muscular del estado de guardia, pero no podía dejarse atacar, si lo hacían todos juntos, no tendría escapatoria.

Eligió un oponente y se lanzó sobre él. Con simples movimientos de su espada, como extensión de su cuerpo, la hizo cantar al viento las melodías de muerte. Luego, se preparó para recibir a los dos que en conjunto lo atacaron y los aniquiló en segundos. Sus fieles guerreros se abrían paso entre sangre, dientes y carne, de los últimos soldados para llegar a su lado.

Volteó rápido al sentir el choque de unas tobilleras de hierro, una contra la otra, detrás de él: años de experiencia en la guerra le habían disminuido la visión, pero agudizaron su oído. Al girar, cogió por la muñeca a su atacante y logró desarmarlo. Le barrió las piernas, y, antes de que cayera, para darle vida a la leyenda de su familia, dobló sus rodillas y extendió sus brazos cubiertos con la túnica negra cual alas de cuervo. Agitó la espada de derecha a izquierda. El torso y las piernas del oponente cayeron, separados, ante sus pies.

Mantenía un estado físico admirable, aun así, a veces, el cuerpo jugaba en su contra, peor enemigo que él mismo para contradecir a su ego. Respiró hondo. Mientras pesquisaba a su alrededor, su vista se nublaba por segundos y podía sentir las voces de su séquito cerca, junto con los fervorosos gritos de guerra y dolor.

Cogió de su cintura un trozo de tela que llevaba colgada para secar la sangre salpicada. De pronto, unos brazos rodearon su cuerpo desde el pecho, y hacia atrás lo empujó. Antes de caer, viró con intención de liberarse, pero encontró un rostro conocido: Maed estaba sobre él y ambos enterrados en la nieve que se alzaba acolchonada.

A sus pies, Gwion, con tan solo un escudo, defendía y cubría cada golpe de los dos enemigos que habían puesto en vilo la vida del rey. Estaba desarmado, cubierto de sangre ajena, al menos la mayoría y, aun así, avanzaba y retrocedía mientras esquivaba y empujaba. Entre golpe y golpe miró de soslayo sobre su hombro a Maed y eso bastó para que este tomara la mismísima espada de Narg y se la extendiera.

Gwion empujó con fuerza al ubberiano, o wolestiano, que se encontraba contra su escudo e intentaba herirlo. Aprovechó la distancia y con el borde superior le golpeó la garganta, justo por el espacio entre el yelmo y el peto.

Se movilizó hacia la derecha para coger la espada que su hermano le ofrecía, pero el soldado, tendido en el suelo, a pesar de que no podía respirar, pateó su rodilla y sobre Narg y Maed, boca abajo, cayó. Las cabezas de ambos quedaron hundidas en el helado montículo de nieve mientras un frío recorrió el cuerpo de Gwion. La punta de una daga se incrustaba entre sus costillas. Con un grito grave y bravo, a pesar de estar herido, se defendió desde el suelo.

La fuerza y porte que Gwion poseía era superior al del resto de la tropa de élite. De considerable altura, mayor al promedio, con hombros anchos, piernas y brazos largos y musculosos, lo hacían temible para cualquier enemigo. Pero el hostil invasor aprovechó la ventaja y arremetió contra él, espada en alto, listo para matarlo cuando lo miró fijo.

Una centella chispeó e iluminó el rostro de Gwion. El enemigo, encandilado, arrugó sus ojos para agudizar su visión. A los costados del pico de arandelas de acero que bajaban desde la cota de malla, la mirada de Gwion, amenazante y voraz, lo paralizó.

Gregor, que estaba a unos pasos de ellos, desclavó el hacha del pecho de su desafortunado contrincante y, sin que lo advirtiera, partió en dos la cabeza del soldado paralizado frente a Gwion.

—Me debes tres y contando —dijo Gregor mientras le ayudaba a ponerse de pie.

Eran compañeros, pero el sentimiento que los unía era más fuerte que la sangre. Colocaron sus espaldas una contra la otra, hacha y espada, y acabaron con la vida de los pocos soldados enemigos que quedaban a su alrededor.

Desde dentro de la carpa, a empujón limpio, Arwel y Cheas sustraían a Halfdan para llevarlo frente a Narg. Maed le ayudaba a ponerse en pie mientras sacudía sus ropajes de la nieve adosada.

La guerra, la última por el imperio de Móntria, estaba a punto de culminar.

Narg, recuperado, observó acercarse a su histórico antagonista. El desenlace había llegado, pero él mantuvo el sosiego mientras masticaba las ganas de desmembrarlo allí mismo, de obligarlo a ponerse de rodillas y celebrar en él El Águila de Sangre. Cuántos días de guerra y muerte sembrada por el vejestorio que ante él se presentaba derrotado. Pero guardó las formas. «La piedad es una virtud», pensó Narg, y dio unos pasos hacia Gwion para recuperar su espada.

—Halfdan, tu tierra ahora me pertenece —declaró Narg mientras lento giraba para mirar sobre su hombro al anciano monarca de Ubberia—. Odín es quien me permite ganar, la sangre de Alfredo corre por mis venas, el acero de mi espada es Verdad. Te dejaré vivir si te arrodillas ante mí.

Halfdan inclinó su cabeza. Al parecer, la rendición estaba marcada, pero el brillo del acero, a la luz del fuego que se extendía por doquier, los alertó. El anciano, testarudo, había desenvainado.

—Conozco tu verdad, poseo el manuscrito de Perkolon y limpiaré con él tu sangre inventada.

La colisión de los metales chispeó destellos que iluminaron la noche, el cielo se despejó y las estrellas descendieron sobre la tierra. Las armas reales de Old Minister y Ubberia chocaron por última vez bañando la nieve virgen con el dulce carmesí de Halfdan.

El festín de los cuervos daba comienzo.